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Hugo Arrevillaga “Un encuentro con nuestros fantasmas”

Esgrima ¦ Por Alicia Quiñones

 
Pocos son los montajes teatrales en México cuyas temporadas agotan las taquillas y generan gran impacto en el público. Uno de los creadores que tiene esa fortuna es Hugo Arrevillaga, considerado uno de los mejores directores mexicanos. Entre sus trabajos destaca la tetralogía La sangre de las promesas, conformada por Litoral, Incendios, Bosques y Cielos, del autor de origen libanés Wajdi Mouawad, con quien ha entablado un diálogo creativo en los últimos años. Arrevillaga ha recibido reconocimientos como mejor director de escena, así como por su labor literaria, y destacó su dirección de Enrique IV para el legendario The Globe, en Reino Unido. Además de preparar su ópera prima en cine, este fin de semana presenta Sedientos y Camino para recuperar mi rostro en el Centro Nacional de las Artes, dos historias para jóvenes que nos hablan de la identidad, las pertenencias y el miedo; de estos temas, así como de la poesía, la muerte y la violencia, nos habla el creador mexicano.

¿Cómo se lleva a la escena una carta de amor, como lo es Camino para recuperar mi rostro?

Estamos muy contentos por esta producción. La posibilidad de hacer teatro en México es motivo de regocijo, pues cada día es más difícil contar con recursos y espacios. El montaje actual prácticamente lo financiamos y el Centro Nacional de las Artes (Cenart) nos abrió sus puertas. Nos entusiasma más porque Camino para recuperar mi rostro es casi un estreno mundial. Está basada en Rostro recuperado, de Wajdi Mouawad, novela escrita entre 2002 o 2004 que nunca había sido llevada a escena. La historia narra su exilio a los siete años de edad y su llegada a Canadá. Al leerla, detecté en momentos que parecían ser cartas de amor a personajes que han habitado posteriormente sus piezas teatrales. Identifiqué fragmentos de Alphonse, Pacamambo, Incendio, Litoral, Bosques y hasta de Cielos. Noté cómo a partir de eventos autobiográficos, Mouawad ha desarrollado personajes e historias que luego conformaron la tetralogía Sangre de las promesas. Entonces, Camino para recuperar mi rostro es una carta que hemos escrito para acercar al público a los personajes de Mouawad. Sedientos es un texto que montamos cuatro años atrás pero esta ocasión trabajé en una revisión exhaustiva con el fin de situarla en estos tiempos que vivimos.

¿ Qué le da la obra de Mowauad a la realidad que vive México ?

A mí me sorprende la manera tan contundente y poética, pero no abstracta, que hay en Mowauad. Digamos que nos enfrentamos, particularmente los jóvenes, a la velocidad a la que corre la información y nos confunde, ya no es tan fácil escuchar lo que nos dice el silencio. En un encuentro organizado por Enrique Olmos en el estado de Hidalgo, para jóvenes de distintas partes del país, me preguntaba qué le puede dar a un joven el teatro hoy en día.

Llegamos a la conclusión de que en estos tiempos, cuando un joven tiene en su mano un dispositivo que le permite en tres segundos dar la vuelta al mundo, el teatro tiene que mostrarle que frente a él aún hay seres humanos; que la amistad no es un número de seguidores. La amistad es y será una historia. Y el teatro sigue teniendo esta manera de llevarnos a una profunda reflexión, frente a frente, de arrojarnos al encuentro con fantasmas que creíamos olvidados.

¿Cuál es la respuesta de los jóvenes?

Hay una parte que me parece hermosa, porque es como si algo se les filtrara. El teatro todavía tiene la posibilidad de atrapar la mirada del espectador, como una especie de remanso donde se puede observar la vida. No tenemos grandes estrellas de cine, ni efectos especiales, así que sólo debemos apostar por la naturaleza del teatro, basada en la imaginación, la palabra, en el poder imaginativo del actor y del espectador. De esa manera construimos un puente entre el artista, la historia y el espectador; una especie de acto comunitario en el que ambas partes imaginan la historia. Los jóvenes espectadores se dan cuenta de que todavía pueden imaginar, pese a todo el ruido que hay alrededor y pese al mundo virtual. Esa parte a mí me complace como artista: parece que esta sociedad necesita volver a creer en sí misma y particularmente en el sentido creativo. Es decir, si todos logramos entender que somos capaces de crear, creo que habría menos violencia y más compasión frente al otro.

Es casi una tradición perdida que un director apueste por un autor. ¿Qué te ha llevado a retomarla ?

Creo que Mowauad y yo hemos establecido un vínculo de mucha fidelidad. Él, por fortuna, sigue teniendo confianza en mí. Está, me parece, agradecido con la labor que hemos hecho muchos artistas en México con su obra. Lo que a mí me mantiene cerca es su poesía. Su obra me parece una especie de ojo de agua del que brotan y brotan imágenes que me permiten, en un principio, indagar en mi propio tiempo, en mi persona y en las relaciones que establezco con el mundo. Al darme cuenta de la potencia que tienen sus historias para hacerme reflexionar o soñar, quiero llevarlas a los demás. He trabajado con muchos otros autores, pero evidentemente Wajdi Mouawad es para mí uno de esos de bastiones que me fortalecen como artista. Su obra desafía todo el tiempo mi nivel de pensamiento artístico, mi discurso y reflexión; todo el tiempo me obliga a estar actualizado políticamente, y aún me permite regresar a mi infancia. Cuando leo sus historias me incita a la rebeldía, a lo amoroso y lo poético; me reencuentro con aquellos fantasmas que creo olvidar en mi existencia cotidiana.

¿Cómo has manejado la realidad mexicana y la que plantea el escritor de origen libanés?

Con el paso de los años, es asombroso ver cómo aquello que narramos en Incendios —esta pieza se montó hace aproximadamente siete años—, de pronto nos avasalló. Es decir: en aquel momento los actores tenían que imaginar una situación de violencia para avistar esa historia que narraba la guerra civil en Líbano, sin saber que un par de años después se emprendía la lucha contra el narco y esas imágenes iban a ser parte de la vida cotidiana en este país. Ver cómo todo el panorama en nuestro país se ha distorsionado me obliga a mí, como creador, a ser más intuitivo de alguna u otra manera con estos discursos. El año pasado tuve la posibilidad de producir Las lágrimas de Edipo, donde un joven de 15 años es asesinado a manos de dos policías, y cuando recibí ese texto sucedió la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, y me di cuenta de que yo no podía evadir la situación. Le pedí ese permiso a Mowauad, aceptó y la adaptamos; fue una manera para nosotros de decir, “aquí estamos y como artistas queremos poner el foco de atención en lo que le pasa a la sociedad”. Las lágrimas de Edipo se narró desde la historia de Julio Cesar Mondragón y los precios en taquilla se donaron a su familia.

 
 
 

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fecha 15 de julio de 2017 00:22
ultima modificacion Ultima modificación: 21:21
autor Por: Alicia Quiñones
 
 
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