Diario La Razón
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Hechos y ficciones El reflejo de una voz

Esta lectura señala un mapa de correspondencias entre el discurso de Fernando del Paso en 1968 y el mundo imaginario y narrativo que despliega su obra posterior. Un puente que presagia de manera especial a Palinuro de México (cuya publicación cumple cuatro décadas) y revela a la vez sus referentes en el panorama de la novela contemporánea, con sus apuestas más ambiciosas, radicales e inventivas, justo en la zona donde el autor de Noticias del Imperio ha situado las páginas de su aventura literaria.

 
Por Héctor Iván González

LA CONFERENCIA

En el segundo semestre de 1968, el novel escritor Fernando del Paso (Ciudad de México, 1935) fue invitado por la Coordinación de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes a participar en el ciclo “Los narradores ante el público”. Poco mayor de treinta años, Del Paso había publicado un libro de versos, Sonetos de lo diario (1958), así como José Trigo (1966), una brillante novela que abordaba las circunstancias y lucha de los ferrocarrileros en la zona de Nonoalco Tlatelolco y la del frente de la Guerra Cristera establecido en Colima. Influida por Juan Rulfo y por los escritores franceses del nouveau roman, su primera obra de largo aliento se desarrolla en una suerte de anillo de Moëbius, cuyo final completa el inicio y viceversa; asimismo su lenguaje y riqueza verbal, influidos por los poetas de la Generación del 27, habían dejado estupefacta a parte de la crítica, quienes veían en Fernando del Paso a un narrador lleno de recursos que ya destacaba entre los jóvenes de su generación. En el año de 1966, José Trigo obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, que habían recibido autores como Juan Rulfo, Octavio Paz, Elena Garro, Juan José Arreola y Salvador Elizondo.

La conferencia fue toda una sorpresa, algo que rebasaría por mucho las expectativas del —al parecer reducido— público asistente y de cualquiera que pueda conocer a posteriori el contenido y desarrollo de ésta. El autor de José Trigo leyó un texto a caballo entre la autoficción y el relato fantástico, en el cual podemos conocer in nuce lo que desarrollaría ulteriormente en Palinuro de México, de 1977, ¡nueve años después! A manera de biografía ficcionada, Del Paso recorre la historia de su abuelo, antaño gobernador de Tamaulipas pero hogaño señorón venido a menos,1 describe la situación familiar, nada favorable económicamente y relata los percances físicos y de salud que padeció su madre para que él naciera. A la manera del protagonista de Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, rememora circunstancias que no pudo conocer sino de segunda mano. Como señala en la conferencia, apenas él mismo podría decir qué cosas son reales y cuáles producto de la invención. De cualquier modo, no es imprescindible escudriñar qué sucedió y qué no, lo relevante sería reconocer que todas son verdades literarias, logros de la imaginación que pueden nutrirse de cualquier anécdota trascendente o incluso de las nimias para motivar la creación.

Quizá lo que yo destacaría es la manera en que ya estaba en él un rasgo literario que después se desplegó, obviamente, en Palinuro de México y en Noticias del Imperio (1987): la capacidad de llevar la imaginación a grados realmente estratosféricos y la posesión de una fuerza poética notable.

Paralelo a esto, estaba latente el riesgo de que estas páginas pergeñadas no llegaran a materializarse en una novela, lo cual angustiaba a Del Paso, quien lo externó y de algún modo lo abordó tangencialmente con respecto a un autor que había recibido algunas críticas por sólo haber entregado dos libros de arte mayor, Juan Rulfo. Del Paso aprovecha la oportunidad y responde que el escritor no tiene compromiso con nadie para seguir escribiendo. De manera que pide “cuartel para su amigo”, se abre de capa ante el público de la sala Manuel M. Ponce y admite que lo angustia saber que el éxito de José Trigo podría inmovilizar su trabajo creativo. Esto no es sino un loable acto de modestia y humildad al asumir que respecto a su talento y esfuerzo aún nada estaba dicho. Por lo cual, al conocer esta conferencia se abren numerosas posibilidades: una de ellas es que el hecho de tener que hablar de “su vida” —como se lo pidieron— pudo desencadenar una búsqueda en el seno familiar (¿o materno?) y propiciar esta fantástica autoficción que desembocaría en las más de seiscientas páginas de Palinuro de México.

EL HOMBRE ES EL HIJO DEL NIÑO

Del mismo modo que varios autores canónicos, como Marcel Proust, Antón Chéjov, James Joyce, William Faulkner, Thomas Bernhard, Gabriel García Márquez y Pierre Michon, Fernando del Paso regresa a la infancia para recuperar la mirada del niño que fue, y así retomar un espacio donde la conciencia capta todo con ojos y oídos nuevos, don- de el asombro es acezante y la vida y costumbres dependen de un conjunto de decisiones ajenas. De hecho, una vez más, gracias esta conferencia, sabemos de las enfermedades que aquejaban al pequeño Fernando, quien sólo obtenía alivio con los libros prestados por un tío, cuyas aventuras creadas por Emilio Salgari o Alexandre Dumas lo dotaron de un espacio del que ya nunca saldría, el de la fantasía literaria.

Por otra parte, según lo narra en Bajo la sombra de la Historia, Fernando del Paso, siendo apenas un niño, fue testigo de las discusiones de sobremesa entre su abuelo, José Morante, tres tíos políticos, el checo Armando Steiner, el inglés Raymond Kirwin y el judío de origen húngaro, Zoltan Mester —quien se convirtiera en “el personaje más fascinante de mi infancia”.2 Sentados a la mesa, aquellos lobos de mar —quizá acompañados del padre de Fernando (Fernando del Paso Carrara), un hombre muy inclinado al lado estadunidense— departían, mientras tomaban un digestivo y fumaban puros, a la par que relataban algunos episodios de la Gran Guerra, también conocida como Primera Guerra Mundial, y que mezclaban con el Segundo Armisticio. Una vez más, Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, se hace presente en Palinuro y en estas discusiones que animan al niño a imaginar los pasajes épicos que sus mayores solapaban de la manera más apasionante. Zoltan Mester causaría una impresión tan fuerte en Fernando que éste lo volvería uno de los personajes principales de Palinuro de México, el Tío Esteban, nombre elegido en honor del santo patrono de Hungría.3 Tal como señala Del Paso, antes de que él naciera, su madre había tenido un embarazo que se malogró, sin embargo, ese accidente sería asimilado por el hermano vivo de una forma profunda y trascendente. “Yo soy mi hermano menor”, señala en su discurso. La presencia fantasmagórica o espiritual de su hermano nonato alimentará su imaginación de manera crucial. Así lo narra en Palinuro de México:

Esa hemorragia, señora —le dijo el médico—, fue una efluxión. En otras palabras, usted expulsó el huevo fecundado, que aún no se había adherido al útero. En otra palabra más, fue un aborto. Pero si no me equivoco, usted quedó en condiciones de embarazarse de nuevo [...] Por eso fue mentira: toda esa paciencia, toda esa reserva ultrasolar de energías que mamá demostró tener, toda esa destreza para transformar el dolor en un cataplasma cordial, estaban, en verdad, dedicadas a Palinuro Primero, que jamás pasó de ser el óvulo descarriado de la familia y que fue relegado a un bote de basura, de manera que en realidad Palinuro fue concebido antes de serlo, y si bien inauguró la matriz de su madre no fue el primer hijo que ella tuvo en su seno, de modo que cuando nació, con el nombre de Palinuro Segundo, era, en realidad, su hermano menor.4

En otra parte de la conferencia, Fernando del Paso menciona el surgimiento de un tumor canceroso. Los médicos le dijeron que “arreglara mis cosas (¿cuáles cosas?), por si a la calaca se le ocurría llevarme en unos meses”. Salvó la vida gracias a unas radiaciones de cobalto que duraron siete meses. Durante su convalecencia en el hospital recibió la visita del poeta y traductor Francisco Cervantes, quien le regaló el libro La tumba sin sosiego, del crítico y ensayista inglés Cyril Connolly, publicado en su primera versión con el pseudónimo de “Palinurus”. Aquí se encuentran las figuras de Del Paso y de Palinuro, ese joven marino cuyo destino es segado por la somnolencia que le influye el dios del Sueño y lo hace caer de la nave de Eneas. Palinuro llega a nado a un arrecife, pero es confundido y asesinado por unos pobladores asaz violentos que arrojan su cuerpo entre las rompientes. Debido a este evento, su alma está condenada a morar volviéndose el emblema del desasosiego y la premura por esperar los juegos y exequias en su honor, o al menos tres puños de tierra a modo de sepultura. Tal como Tiresias, es el ser dividido entre lo femenino y lo masculino; así como el minotauro, Asterión, es mitad hombre y mitad toro; del mismo modo que Aquiles es un semidiós; Palinuro es el ser mítico que permanece en el umbral de la vida y la muerte: reflejo de Fernando del Paso y su hermano, imagen reflejada en el espejo herrumbrado de la memoria y el olvido.

No es difícil captar el parecido en la lectura que Del Paso lleva a cabo entre la memoria de su hermano mayor-menor. Por lo cual Palinuro de México disuelve-leviga la identidad de Del Paso/Palinuro o Palinuro/Del Paso para suscitar el fenómeno creativo, el diálogo de varias voces, pero sobre todo dos voces, que ponen en juego un narrador bifronte. A la manera de Cervantes y Cide Hamete Benengeli5 al narrar las aventuras y desventuras de aquel Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha, Del Paso cede la voz narrativa a Palinuro o al tío Esteban o sabe Dios a quién más, quizá hasta a su propio hermano mayor nonato:

Es muy difícil saber quién fue más importante para mí, si Palinuro o Estefanía. Lo que es más, a veces no podría decir quién fue primero, a quien conocí desde siempre, quién se instaló en mi vida con sus palabras y sus ademanes antes que el otro y me pescó de un pie con la puerta para que no huyera y le contara al que llegó después los episodios, las señales y los amores luminosos de la historia del que llegó primero.6

Pero detengámonos un momento y pensemos a qué nos llevaría imaginar que Palinuro y Del Paso sean un mismo ente desdoblado. Nos permitiría avizorar que para el futuro autor de Noticias del Imperio es fundamental la “mismidad”, en contraste con la tan citada “alteridad” u “otredad”. En la novela delpasiana es más importante explorar las posibilidades de ver la identidad y la mismidad que la alteridad y la diferencia. Ver una unidad que completamos todos y cada uno de nosotros, marcando un contraste con la idea concebida por Emmanuel Lévinas —producto de su experiencia en el campo de concentración e influencia de la ética judía— de que la manera de concebir al semejante es sólo si lo pensamos como el Otro; idea que diagnostica de forma adecuada la renuencia obcecada de no considerarse del mismo modo, el rehuir a considerarse como similares, el rechazo a poder ser concebidos de la misma manera, la negación a mezclarse, a fundirse, que pervive en Europa o en Estados Unidos. Esa preferencia por mantener el aislamiento es la desafortunada base de los paralelismos culturales de un conjunto de pueblos —¡oh paradoja!— que comparten un origen común, el indoeuropeo.

De tal suerte que Lévinas concibe una complicada perífrasis incitando la ética entre la conciencia propia y “el otro” que plantea la necesidad de querer entender “al otro” para lograr el diálogo, lo cual no está mal, sólo que descarta de origen la posibilidad de entenderlo desde nuestra propia identificación con él; uno se puede identificar con el semejante, cuyo origen humano trasciende los muros culturales o históricos. Concebir esta dinámica de aproximarse al otro da muchas vueltas innecesarias, pues hay una similitud en cada uno de nosotros. Ahora se habla con prisa sobre la alteridad en los coloquios, se pretende ser sofisticados filosóficamente, y se reflexiona sobre “el otro” como si se tratara de una ley establecida y no sólo de una interesante hipótesis. Se toma a la alteridad sin cuestionamientos y se asume que estamos frente a “otros”, entre extraños, y no entre semejantes, como sucede en realidad. Sobre todo se habla de otredad cuando los cimientos de nuestra cultura e historia son los mismos, cuando nuestro pasado prehispánico e hispánico viven en nuestra cultura y naciones. Las cuales se acentúan aún más si pensamos en Europa o Estados Unidos y su lamentable deseo por seguir separados entre ellos mismos. Lo cual me hace pensar en la posibilidad de que la concepción de que somos uno frente a los “otros” acarrea más errores que aciertos.

Sé que es difícil conocer con exactitud cómo eran los pueblos prehispánicos, sin embargo —como sugirió G. K. Chesterton acerca de los hombres medievales— tal vez no po- damos saber cómo eran los hombres de antaño, pero sí podemos saber cómo se concebían a sí mismos. Recuerdo que el recientemente desaparecido Hugh Thomas (Windsor 1931-Londres 2017) al comienzo de su libro La conquista de México, retoma una de las preguntas inexorables de este hito en la historia de Occidente: ¿Por qué los guerreros totonacos permitieron el desembarco de las naves españolas? ¿Cómo fue posible que no se plantearan una mínima resistencia por parte de un ejército que sabía combatir y que —de esto hay muestras— contaba con numerosas victorias en su palmarés? A lo que Thomas responde que para los hombres en tierra el arribo de las naos les planteó la urgencia de alistar la acogida a la altura de las expectativas, porque su educación les indicaba que era una visita de alguien a quien consideraban un igual, no alguien distinto, no un “otro”. Ante la aparición en lontananza de las naves, los aztecas apuraron la recepción, se alistaron para ser hospitalarios, una de las manifestaciones más sofisticadas de la cultura universal. Si esto no muestra la inexistencia o ausencia de un sentimiento tan lejano como la otredad en nuestra cultura original no sabría decir qué lo sería.

En todo caso, en la conciencia totalizante de nuestro Palinuro detecto el vestigio de la cultura americana que es capaz de sentir y hacer suyo lo que un europeo tildaría de extraño. Para Palinuro hay una unidad que se retrata en sus palabras y en las palabras de los demás: no se trata de versiones inconexas, sino de versiones que pueden sintetizarse en una verdad común. Una versión que nace y muere constantemente por medio del diálogo, el relato y la sinfonía de voces que se disparan, entrecruzan y penetran en esta novela laberinto, novela rocambolesca, novela calidoscopio, pero sobre todo novela proteica.

LA NOVELA DE LA PRESENCIA

De acuerdo a lo que señala José Ortega y Gasset en sus Ideas sobre la novela, la novela del siglo xx se basa en las grandes presencias y en mundos perfectamente concebidos, a diferencia de la del xix que estaba poblada por aventuras, grandes peripecias y personajes fantásticos, es decir, que situaba a la conciencia en el centro de los acontecimientos. En el siglo xx ya no se trata de que los protagonistas logren un cometido, sino de vivir la presencia del ambiente, el entorno de un mundo perfectamente bien fabulado. Sin duda, Ortega tenía en mente la forma en que se manifestaban las reminiscencias de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, la forma en que la conciencia fluía como un torrente en Ulises, de James Joyce, la forma en que el pensamiento filosófico se imbricaba con las sensaciones de un moribundo en La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, o la manera en que las discusiones filosóficas mostraban la psique de personajes poseedores de una gran cultura como en La montaña mágica, de Thomas Mann. No nos faltarán los ejemplos literarios de cómo se sucede la vida externa y vida interior de personajes como éstos a lo largo del siglo xx. Bien, el caso de Palinuro de México está engarzado en esta tradición. La historia de Palinuro no es la de un protagonista que debe conquistar una guerra, ganar el amor ni salvar el pellejo, sino la historia de un joven estudiante de medicina común y corriente, que tal vez tiene un entorno peculiar debido a su familia, amigos y prima-amante, pero lo que en realidad importa en la novela (y se vislumbra en la conferencia) es la manera en que las cosas son dotadas de un significado especial por medio de la plasticidad del lenguaje, la erudición de la historia de la medicina y la manera en que se extiende a la fantasía y la imaginación. Palinuro de México se vuelve por momentos un maravilloso catálogo de ejemplos y referencias sobre los detalles que han suscitado la evolución de la medicina, la forma en que se han hecho pruebas sobre animales para buscar medicamentos y tratamientos que salven vidas, la concepción y uso de utensilios quirúrgicos que en sí mismos pueden ser un manual de imágenes desde lo más sutil hasta lo más ominoso; y, sobre todo, Palinuro es una pieza perfectamente acabada de la forma en que la metáfora se vuelve un medio revelador de todo lo que puede decir el idioma, alejándolo así de su condición puramente utilitaria o de moneda corriente. Al terminar de leer, el lector tendrá conciencia de que, más que nosotros hablemos el lenguaje, el lenguaje nos habla a nosotros.

Fernando del Paso logra en esta obra, además de una experiencia literaria, una experiencia lingüística y, por ende, una experiencia imaginativa. Otro de los aciertos a destacar es que concreta varios de los objetivos principalísimos que tenía James Joyce en toda su obra, pues Ulises se propuso demostrar que el lenguaje no tiene límites (tal como demostró Fernando del Paso), que puede oler como el heno recién cortado, o describir puntillosamente los elementos mecánicos de una cerradura,7 así como referir mundos mitológicos de un capítulo a otro. Este cometido está presente tanto en uno solo de sus párrafos como en la suma de sus más de seiscientas páginas, la poesía bulle así en la tesela como en el mural completo. El mundo de la conciencia, la materialidad del idioma, la procacidad de ciertas situaciones, el uso escatológico, el temperamento erótico, el diálogo erudito, la enumeración imaginativa, la divagación exhaustiva, el despliegue metafórico, el poder evocador de la palabra, la exactitud de la descripción, la creación de ambientes metatextuales, y muchos aspectos que ahora mismo se me escapan (porque el lenguaje siempre se nos escapa, o dígame por favor, don Fernando, ¿me equivoco?) son aspectos sobre los que se erigen obras de estas dimensiones. Y debido a esta conferencia excepcional, podemos imaginar que ya se encontraba en ciernes el mago del lenguaje que para ese momento era Fernando del Paso a sus escasos treinta y cinco años de creación y vida.

Héctor Iván González (Ciudad de México, 1980) compiló La escritura poliédrica. Ensayos sobre Daniel Sada (2012) y, junto con Adriana Jiménez, El temple deslumbrante. Antología de textos no narrativos de Daniel Sada (2014). En 2015 publicó su primer libro de ensayos, Menos constante que el viento (Abismos Editorial).
Notas 1 Fernando del Paso, Palinuro de México, primera reimpresión, FCE, Letras Mexicanas, México, 2015, p. 12.

2 Fernando del Paso, “La guerra era una fiesta”, en Bajo la sombra de la Historia. Ensayos sobre el islam y el judaísmo, volumen I, FCE, México, 2011, pp. 65-68.

3 Ángel Ortuño, “Fernando del Paso, el imperio del idioma”, en De paso por la vida. Homenaje a Fernando del Paso, Premio Cervantes, Paulina del Paso y Jesús Cañete Ochoa (coordinadores), varios autores, Ministerio de Educación Cultura y Deporte/Universidad de Alcalá/Santander Universidades, Alcalá, 2016, pp. 51-52.

4 Fernando del Paso, 2015, op. cit., pp. 374-375.

5 Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, Edición del Instituto Cervantes 1605-2005, dirigida por Francisco Rico, estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores/Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, Barcelona, 2005. 6 Del Paso, 2015, op. cit., p. 24.

7 Richard Ellmann, James Joyce, traducción de Enrique Castro y Beatriz Blanco, Anagrama, Barcelona, 2002. Ellmann relata el momento en que Joyce le mostró a su hermano Stanislaus un ejercicio que practicaba constantemente: describir los accesorios y el funcionamiento exactos de una cerradura de manija.

 
 
 

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fecha 12 de agosto de 2017 01:20
ultima modificacion Ultima modificación: 14:30
autor Por: Héctor Iván González
 
 
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