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La fotografía, desoladora, ocupa la mitad de la primera plana de La Razón . A la izquierda, dos maestros lanzan al aire fajos de papeles, cuadernos de la prueba ENLACE; el resto de la imagen es un gigantesco tiradero: cuadernos rasgados, hojas sueltas, algunas portadas rosas, azules, una explanada entera cubierta de papel.
El espectáculo inspira una profunda tristeza. Se adivinan gritos en la escena, seguramente insultos, consignas, la imagen misma es un grito, también el titular grita: “Maestros democráticos destruyen la prueba ENLACE” —sin embargo, por encima de los gritos, se siente un silencio pesado, denso, irrespirable. El silencio absolutamente único del papel destrozado. Significa que hemos llegado a un límite. El problema de la educación, convertido en el conflicto de la educación, se manifiesta en episodios así mediante una saturación de signos que resultan imposibles de descifrar: ¿qué significa la prueba ENLACE? ¿Qué significa el robo de los cuadernos, romperlos, qué significa la foto, la portada? La destrucción física de las pruebas, la destrucción del papel, muestra a la vez el fracaso de la política educativa y el fracaso de sus críticos, el fracaso del SNTE y de su disidencia, el de los maestros de la foto, y el nuestro también. Algo va mal, muy mal. Y lo peor es que todavía no acertamos a saber qué.
El gobierno federal sabe que se va a encontrar con esa resistencia. Los maestros saben que se van a encontrar con la hostilidad de la mayor parte de la opinión en los medios. Pero a nadie se le ocurre hacer otra cosa.
La prensa nacional condena claramente, indudablemente, las manifestaciones: las protestas dicen que los maestros se rehúsan a ser evaluados; está implícito que no quieren someterse a ninguna prueba, ni aceptan que sus alumnos lo hagan, porque todos reprobarían. La mejor síntesis de ese clima de opinión está en los dibujos de Calderón, en Reforma : el gobernador de Oaxaca lame la suela de los zapatos de un huevo gigante; una serie que recuerda las imágenes de la evolución muestra a unos simios, normalistas y CNTE, que evolucionan hacia una monstruosa Elba Esther Gordillo. Es ofensivo, por supuesto que sí. Ahora bien, la foto de La Razón, que viene a decir aproximadamente lo mismo, no es una invención. De hecho, esa destrucción pública de los exámenes era un espectáculo, era para que fuese fotografiada, y que se publicaran las fotos.
No se trataba de romper los cuadernos, sino de exhibirse rompiéndolos. Los maestros, al menos esos maestros disidentes de Guerrero, querían decirle a la opinión nacional que ellos son eso, que ellos hacen eso —querían su imagen junto a una montaña de papel, de cuadernos rotos.
Vuelvo a ver la foto. Me queda claro que hay algo que no entendemos. Doy por descontado que en la CNTE, como en el SNTE o en la disidencia de Guerrero hay agitadores profesionales, que viven del conflicto. A partir de ahí, dudo casi de todo: ¿es verdad que los maestros son eso? ¿Es verdad que los maestros de Oaxaca, Guerrero, o la mayoría de ellos, son esos animales que pinta Paco Calderón? ¿Es verdad que son una colección de haraganes, tramposos, buscapleitos, que han heredado una plaza que no les interesa más que para cobrar? Y bien: no lo sé. Me lo planteo así, veo las imágenes, leo las notas, y no puedo más que pensar que hay en el fondo algo que no terminamos de entender.
La Jornada publica de vez en cuando algún editorial para poner en solfa la política educativa del gobierno federal, el “delirio tecnocrático” de la prueba ENLACE. Publica también artículos de opinión de miembros de la CNTE, que dicen que la prueba es “antipedagógica”, que “ignora el contexto social adverso”, y cosas similares. Y bien: sí y no. El periódico mismo dice sí y no.
Dice sí a la evaluación, no a esta evaluación. Pero no propone ninguna otra.
No tiene claro si se trata de cuidar la educación pública o las plazas de los miembros de la disidencia del SNTE. No tiene claro si lo que importa es abrir nuevas oportunidades a los niños de Oaxaca, o compadecerlos porque no las tienen.
De un lado hay una idea económica de la educación, muy sencilla y muy clara: pagar mejor a quienes eduquen mejor, y medir eso con una prueba estandarizada. Y tras la idea la convicción de que estos maestros no sirven, este sistema no sirve. Una idea sencilla y clara y fundamentalmente equivocada. Del otro lado, la agitación vacía, para conseguir casi nada a cambio de casi todo, dos puntos en prestaciones a cambio de la foto de portada de La Razón . La exhibición de su capacidad disruptiva como argumento último, único, que no necesita nada más.
Estoy convencido: hay algo que se nos escapa. Las dos partes del conflicto admiten daños catastróficos, a cambio de nada. Las dos quieren exhibir su propio fracaso, porque hablan a los suyos, a los que van a corear sus consignas —a los que por un motivo u otro van a festejar la montaña de papel destrozado, porque de algún modo les da la razón.
Yo sé que estamos en campaña, y elegimos Presidente en unos días. En comparación con esto, no me parece que tenga tanta importancia.
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