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En la prensa de los últimos dÃas me encuentro hasta una docena de votos razonados. Y habrá más. Casi todos sobrios, elaborados, puntillosos, comedidos: muy razonados. Algunos, dos o tres, son indudablemente votos contra el Panal o contra los partidos satélite —y dicen sin ambages: cualquier cosa, menos eso. Son votos minimalistas, de un escepticismo absoluto. El resto se reparte, más o menos mitad y mitad, entre Peña y López (y alguno que se inclina por Vázquez Mota, diciendo que va a perder).
Encuentro tres rasgos comunes, que llaman la atención. Primero, con algunas excepciones, no les entusiasma su candidato, o eso dicen: dicen que votarán por el menos malo, o algo asÃ. Pero casi todos se cuidan de explicar que serÃa peor abstenerse o votar en blanco. Digo yo que por algo será. En segundo lugar, no encuentro a nadie, literalmente a nadie que diga que tiene miedo de la continuidad del calderonismo. Es curioso: todos dan por descontado que el PAN está fuera de juego, nadie gasta pólvora en atacar al presidente. Pienso que lo mismo sucedió durante toda la campaña, entre los candidatos.
Finalmente, casi todos argumentan su voto diciendo que la alternativa serÃa una restauración autoritaria, una regresión o un retroceso, ya sea al priismo en general, o al echeverrismo en particular.
En conjunto, las tres cosas dicen que los razonadores están buscando el voto útil de los simpatizantes del PAN, porque imaginan una competencia entre Peña y López más cerrada de lo que sugieren las encuestas. El orden del razonamiento es bastante claro. Uno, hay que votar, aunque sea sin entusiasmo. Dos, el PAN ya perdió. Tres, lo más importante es evitar la regresión. Imagino que asà vamos a cerrar la semana.
Yo sigo pensando que tenemos una elección sin tragedia. Las vaguedades de los candidatos pueden significar cualquier cosa, desde luego, pero nadie discute la traza básica del orden vigente. No se discute el tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, no se discute la autonomÃa del Banco de México, ni desde luego el régimen federal. Por otro lado, si algo me parece del todo improbable es una restauración. Se me ocurre que detrás de ese temor hay una idea fundamentalmente voluntarista de la transición polÃtica:
podrÃa no haber sido, podrÃa no ser, podrÃamos dar marcha atrás. No me convence. Creo que los cambios que se han producido en el campo polÃtico: la alternancia, la quiebra de los órdenes locales, el nuevo poder de los gobernadores, obedecen a un cambio real en la sociedad mexicana —un cambio demográfico, productivo, cultural. No llegó la democracia en el año 2000 por la buena voluntad de nadie, no se puede restaurar el antiguo régimen porque lo quiera el presidente. La violencia de estos años es la otra cara de la moneda, producto de la misma transición.
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