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Nacionalismos

Martín Vivanco

 

Una ola de nacionalismos cae en el mundo. Casos que emergen en Rusia, Turquía, India, China, África, Inglaterra, Francia, y, por supuesto, Estados Unidos, son muestras de lo que la revista The Economist denomina como “nacionalismo étnico”. Para los que estamos en contra de lo que esta ola representa, el reto es entender las razones subyacentes a la misma para combatirlas en el plano ideológico. Veamos.

Establezcamos, primero, las coordenadas de lo que se entiende por nacionalismo. Benedict Anderson nos dice que la nación es una “comunidad imaginada”. Es decir, ningún mexicano conocerá a sus 120 millones de compatriotas y, sin embargo, imagina que está relacionado con ellos, que comparte algo: un pasado, ciertos valores, y un futuro ilimitado. Ahora bien, el tipo de nacionalismo que se construyó desde la ilustración del siglo XVIII fue uno de tipo “cívico”. Es decir, si bien los movimientos revolucionarios, tanto en Francia como en Estados Unidos, se anclaron en la idea de la “gloria nacional”, lo hicieron de tal forma que ésta no rivalizaba con la proclama y defensa de ciertos valores y derechos universales, como la libertad, igualdad y fraternidad. A esto se contrapone otro tipo de nacionalismo, el ya mencionado “étnico”. Éste busca ensalzar las tradiciones y la pertenencia a cierto lugar para diferenciarse de los demás. Su vocación no es universal, sino particular y exalta las diferencias y no lo que tenemos en común los seres humanos.

Ambos tipos de nacionalismo siempre han estado en tensión y habitan en cada uno de nosotros de alguna u otra forma. Para muestra un botón. Imagínese usted lo siguiente: sale un día a la tienda de la esquina y la encuentra inundada de extranjeros. Ellos no hablan su idioma, se visten distinto, y además, se llevaron todos los productos. Lo más seguro es que usted se pregunte, ¿Y ellos quienes son? ¿Qué hacen aquí y no en sus países? ¿Por qué se acaban los productos de mi país? ¿No tengo yo preferencia a los productos como nacional? La clave reside, por supuesto, en la respuesta. Antes de esta ola de nacionalismos étnicos, había un consenso –mucho más frágil de lo que imaginamos– de que la respuesta debía darse en clave universal y en un tono de riqueza cultural, de pluralidad y de derechos humanos. Se debía ver al extranjero como igual y como alguien de quien se podía aprender y contribuía a la idea de comunidad compartida. Sin embargo, la respuesta hoy parece no ser la misma. En la actualidad gana cada vez más terreno la idea de que el nacional debe excluir al otro, porque el extranjero se “aprovecha” de los beneficios de una comunidad que no es la suya, y, más aún, que le inflige un daño a ésta. Aquí lo importante es el trasfondo. Detrás de la visión del aprovechamiento está la lacerante desigualdad de nuestras economías y las injusticias de una globalización pésimamente operada, que no otorga siquiera una red mínima de derechos y bienestar a sus habitantes. Asimismo, detrás del supuesto daño infligido a las sociedades modernas reside una estigmatización de las personas en razón de su origen producto de una educación deficiente y de una revolución tecnológica que facilita el simplificar problemas tan complejos como el terrorismo y los conflictos en otras latitudes.

Hoy todo mundo habla de la sorpresa de la victoria de Trump, o de lo impensable del Brexit, pero pocos se han puesto a reflexionar sobre las razones que llevaron a más de 80 millones de personas a votar por estos dos fenómenos. Ya es hora.

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fecha 12 de diciembre de 2016 01:26
ultima modificacion Ultima modificación: 22:10
autor Por: Martín Vivanco
 
 
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