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De Rusia con Amor

Rodolfo Higareda

 

Resulta casi imposible no hablar, con cierto nivel de sarcasmo, sobre la intromisión Rusa en las elecciones norteamericanas. Después de tantos episodios intervensionistas por parte del Tío Sam, Putin les acaba de recetar una cucharada sopera de su propia medicina. Y lo anterior, porque si bien muchas otras naciones han sufrido golpes de Estado, guerras sucias, magnicidios e invasiones como parte de la disputa geopolítica entre Estados Unidos y sus rivales, pocas como México han resentido tanto sus políticas y resistido durante tan largo tiempo.

Ya sea por su llamado destino manifiesto, o por sus conflictos internos, o por la doctrina Monroe, o por el Ypiranga o por Pancho Villa, el caso es que para México no ha sido miel sobre hojuelas tener a los Estados Unidos de vecino. Hemos perdido entre otras cosas la mitad del territorio, con el consecuente costo de vidas humanas; además de albergar permanentemente en nuestra psique colectiva, la desconfianza y el resentimiento hacia ellos.

Pero no obstante la asimetría entre ambas naciones, aprendimos a convivir de mejor manera a partir del fin de la Revolución; gracias a la estabilidad política y social que los gobiernos del PRI lograron establecer. Después, en el apogeo de la Guerra Fría, México jugó un papel ambivalente pero inteligente: entre aliado y mediador. Distinguiéndose en esa época nuestra diplomacia, de las complicadas relaciones que los Estados Unidos tuvieron con naciones de America del Sur y Centroamérica en la “defensa de sus intereses”; sin dejar de mencionar el dolor de cabeza que la Cuba pro soviética les produjo.

Ya con la llegada a la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, las relaciones bilaterales alcanzaron un nivel nunca antes visto. Finalmente un líder mexicano tuvo la visión de poner sobre la mesa el enorme beneficio que significaba competir a nivel global como un bloque económico. En lugar de estar peleando por el Tercer Mundo, por los agentes de la DEA o mediando por la guerrilla sandinista, Salinas logró aprovechar los 3,185 kilómetros de frontera para convertirnos en el primer socio comercial de la Unión Americana. Para entonces, la migración mexicana al norte aliviaba enormemente la falta de empleos y oportunidades en México; al tiempo que se convertía en mano de obra indispensable para el campo y múltiples servicios del otro lado del Río Bravo. Cuando abrimos los ojos (ellos y nosotros), ya habían 20 millones de norteamericanos de origen mexicano, y otros 10 millones de connacionales trabajando sin documentos.

Por si fuera poco, en apenas dos décadas de vigencia del TLC, el intercambio comercial anual superó los 500 mil millones de dólares. Para ponerlo en perspectiva, México le compra 1.2 veces el valor de las exportaciones estadounidenses a Francia, Alemania, Japón y Reino Unido en conjunto. Pero todo esto le parece poco a un líder que ni siquiera Ian Fleming lo hubiera imaginado en el papel del Dr. No.

Hoy que la realidad ha superado a la ficción, en un mundo en donde gracias a la tecnología el espionaje ha alcanzado un nivel de sofisticación impensable, Vladimir Putin logró la insólita hazaña de influenciar el resultado electoral en la que fuera, hasta hace unos meses, la democracia más importante del mundo. De acuerdo al Dossier preparado por las principales agencias de inteligencia del gobierno estadounidense, no hay duda de que los rusos inclinaron la balanza para que el candidato de su preferencia ganase. Donald Trump es pues, el presidente que le sienta mejor a Moscú; además de que probablemente, de acuerdo al mismo reporte, el Kremlin cuenta con información muy sensible sobre los manejos financieros y las escapadas sexuales de Trump. Nada mal si se considera que esto lo puede utilizar a discreción para desestabilizar a su principal rival, sin tener que recurrir al uso de la fuerza.

Pero el neo intervensionismo ruso no trae buenas noticias para nadie; porque ni la Federación Rusa es un ejemplo a seguir, ni Vladimir Putin es el tipo de presidente que alguien anhele (bueno, para nadie acostumbrado a vivir en democracia y libertad). Por ejemplo, sería muy difícil encontrar a algún paisano que prefiera dejar su estilo de vida en Los Ángeles, Chicago o Nueva York, para mudarse a San Petesburgo, Volgogrado o Nizhni Novgorod. Más aún, el hecho de que el líder ruso haya tenido esos alcances con nuestro vecino, significa que en su perversidad bien puede intentar transformar a México en su siguiente “gran aliado”. El ex agente de la KGB podría empezar desde ya, una campaña para fondear y apoyar a un líder afín; alguien que lo vea con simpatía, alguien que al igual que él, vea con desdén a la democracia y se quiera perpetuar; alguien que simpatice con la izquierda y con el legado de Castro, alguien que odie a los gringos por deporte; y que no entienda de historia, de comercio, de economía y globalización.

Si me preguntaran ¿yo, qué haría? mi respuesta sería que, en mi próxima visita a Washington, le haría ver a Trump y a los tomadores de decisiones por allá, que gracias a México ni un solo terrorista islámico ha cruzado por nuestra frontera (y eso es mérito absoluto de las agencias de inteligencia mexicanas), que le traemos más riqueza a nuestros pueblos e industrias con una sólida alianza comercial; y que siendo vecinos cercanos y no distantes, se estrecha el margen de maniobra para que Putin pueda colocar a un títere en Los Pinos; porque como veo las cosas, el mundo no le basta.




 
 
 
 
fecha 25 de enero de 2017 01:51
ultima modificacion Ultima modificación: 22:09
autor Por: Rodolfo Higareda
 
 
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