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La Constitución como conjuro

Martín Vivanco

 

Ayer se cumplieron cien años de la Constitución de 1917. Habrá festejos, reportajes y múltiples opiniones al respecto. Aquí lo que me interesa resaltar es lo que significa tener una Constitución.

Acaso la característica más importante de las constituciones modernas es que son un símbolo de racionalidad. En un momento en nuestra historia –específicamente las revoluciones atlánticas de Francia y Estados Unidos del siglo XVIII– nos dimos cuenta de que podíamos organizarnos mediante un consenso plasmado lingüísticamente en un documento. Es decir, estuvimos de acuerdo sobre lo más importante y fundamental para vivir en comunidad, y decidimos que la mejor manera de garantizarlo era plasmarlo por escrito. Si lo vemos desde fuera no deja de causar asombro que unas cuantas palabras escritas en un documento tengan un efecto tan práctico que sean capaces de modificar y de crear realidades por sí mismas.

Vista desde esta perspectiva –y parafraseando a Valeria Luiselli– la Constitución es una especie de conjuro: cierta mezcolanza de palabras dichas en un momento determinado, en el orden correcto, y por las personas legitimadas, crean una realidad paralela a la realidad real. Esta realidad paralela es una colmada de racionalidad práctica, es decir, de razones para actuar. No se limita tan sólo a describir un fenómeno, sino que nos dice cómo proceder conductualmente en tal o cual circunstancia dándonos una razón de antemano para ello. Esas razones son, precisamente, las normas constitucionales. Es decir, en teoría, leyendo el documento constitucional deberíamos tener una idea clara sobre lo que se espera de nuestra conducta ante los demás seres humanos. Así, la Constitución nos dice que todos somos iguales y, por lo tanto, prohíbe la discriminación. Señala que somos libres y, consecuentemente, prohíbe las detenciones arbitrarias o los obstáculos para que trabajemos en lo que más nos guste o creamos en aquello que más sentido otorgue a nuestra vida. En suma, todos los derechos nos dan razones para actuar de alguna manera.

También organiza a aquellos encargados de gobernarnos. En la Constitución se enuncia desde cómo elegirlos hasta las facultades que ellos tienen. Las facultades, por ejemplo, sí son razones perentorias –tajantes– ya que ninguna autoridad puede hacer algo que no le esté expresamente permitido. Asimismo, se señala la frontera facultativa de cada autoridad. Hace mucho decidimos que el poder concentrado en una institución o persona acarrea excesos y desenfrenos. Ante esto reaccionamos dividiendo el poder, esto es, creamos una series de pesos y contrapesos a todos los poderes públicos. Por eso, hay instituciones que legislan, otras que juzgan y otras que implementan la política pública. Tuvimos la genial idea de controlarnos a nosotros mismos mediante la creación de instituciones que salvaguardan valores distintos. De ahí que tengamos tres poderes de “la unión”: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial.

Por supuesto, no siempre es claro el significado de los derechos o de las facultades, y ahí entran los juristas, quienes, siguiendo la metáfora, serían una especie de brujos que pueden desentrañar el sentido del documentos mediante ejercicios de interpretación y argumentación.

En conclusión, la Constitución es un medio de limitación del poder. Los derechos fundamentales y las distintas esferas de facultades de las autoridades operan como diques al poder arbitrario y descontrolado. Lo más interesante, insisto, es que todo esto se logra mediante palabras vertidas en cierto orden y con cualidades muy específicas en un simple documento. De esta manera, su homenaje debe ser constante: el simple hecho de tener una Constitución que sirva como guía de conducta es un recordatorio de nuestra racionalidad. Ésa que hoy parece brillar por su ausencia. Y eso merece celebrarse.

Email: martin_mvp@yahoo.com

Twitter: @MartinVivanco




 
 
 
 
fecha 6 de febrero de 2017 01:01
ultima modificacion Ultima modificación: 09:59
autor Por: Martín Vivanco
 
 
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