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El otro lado del populismo

Martín Vivanco

 

Normalmente se intenta definir el populismo desde el análisis de los líderes que apelan a éste para hacer política. Sus elementos son conocidos: un líder que encarna al Pueblo, que tiene soluciones fantásticas a los problemas más complejos del país, y que no necesita intermediación institucional alguna con su electorado, porque sabe lo que quiere la gente. Pero el populismo no sólo se explica por parte de la actitud que los candidatos o gobernantes toman respecto al Pueblo, sino también parte de una actitud de los gobernados hacia la política misma. Me explico.

Hay un sentimiento de impotencia que merodea nuestra época. Parece que entramos a la era política de lo inevitable. Como dice Jonathan White, los gobiernos (neoliberales) enfatizan los límites sobre lo que la política puede lograr en cuestiones fundamentales y llama a los individuos a adaptarse al cambio en vez de hacerlos sus autores. La política neoliberal cada vez se repliega más ante la realidad y la ve como un ente extraño, indomable, que impone su lógica y dinámica a la vida de los seres humanos.

Obviamente, hay cuestiones de la realidad que caen fuera de las manos de los agentes políticos, pero de ahí a que todo sea inevitable hay un paso cuántico. ¿Qué la política no nace como aquel arte para cambiar nuestra realidad? ¿Qué no es la democracia el sistema de gobierno que nos permite gobernarnos a nosotros mismos? En el momento en que la idea de cambio, de agencia, se desincorpora de la esfera de lo político, ésta simplemente deja de tener sentido. He aquí el punto. El populismo de nuestros tiempos también obedece a un grito desesperado por parte de muchas personas de recobrar lo que Isahia Berlin denominó la libertad positiva, que no es más que agencia política, la posibilidad de autogobierno. Los tecnócratas aducen que ellos sólo hacen “lo que es necesario”, lo que “dictan las leyes económicas” –como si no hubiera márgenes de discreción en materia económica— y desdeñan la idea misma de agencia política. Otra vez retomo a White: “donde se piensa que los decisores tienen poco poder para mejorar las cosas, hay también pocas razones para apoyarlos u oponérseles, y muchas razones para la indiferencia”.

Esa indiferencia, poco a poco, deviene en impotencia, porque en el mundo de lo inevitable la voluntad no tiene cabida. Llegado a este punto, se voltea a ver a líderes como Donald Trump o Boris Johnson, que prometen “regresarle el poder a la gente” y “retomar el control”. Poco o nada importa si lo podrán lograr o no, lo importante es que generan un sentimiento de autocontrol, de autogobierno, en el electorado. Y eso es mucho más poderoso para la gente que unos números fríos y un lenguaje rebuscado. Mucho más.

Email: martin_mvp@yahoo.com

Twitter: @MartinVivanco




 
 
 
 
fecha 13 de marzo de 2017 00:14
ultima modificacion Ultima modificación: 23:09
autor Por: Martín Vivanco
 
 
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