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El mulato que adoraba el mar

Julio Trujillo

 

Se ha dicho mucho, y con razón, que la renovación de la poesía en inglés, la razón por la que aún respira con vitalismo, es la obra de Derek Walcott. Es decir que el idioma supo reinventarse desde la periferia y hacia el centro, desde el margen colonizado hacia el centro colonizador.

No podía ser de otra forma: la tradición de Shakespeare y de Whitman requería de una nueva épica, una que ya no estuviera recargada en la Historia y sus héroes sino en las posibilidades de su propio poder lingüístico, una que no viniera de la soberbia de la tierra firme sino de la voluptuosidad del mar. Y entonces la poesía de Walcott, hija del Caribe, nativa de la isla de Santa Lucía (ahí donde “el sol, cansado del imperio, declina”), cruzada de creole y papiamento, negra, tatemada, salada y con esa visión que sólo dan los horizontes amplios de la costa, estalló frente al sombro de los amos y cantó su realidad y su infinita posibilidad.

Para entender ese feliz mestizaje basta leer unos versos del propio Walcott donde se autorretrata a la perfección:

Soy sólo un mulato que adora el mar,
recibí una sólida educación colonial,
hay en mí del holandés, del negro
y del inglés
y: o soy nadie o soy una nación.

Aquí citaré a Joseph Brodsky, otro enorme poeta que nos explica así el verso final de la cuarteta: “La dignidad y el impresionante poder vocal de esta declaración van en proporción directa tanto del reino en nombre del cual habla, como del espacio oceánico que lo rodea. Cuando escuchas una voz así, lo sabes: el mundo está desplegándose”. Sí, es una voz que funda, una voz resonante que aunque quiere ser humilde (“soy sólo un mulato”) es, en realidad, poderosísima: una nación.

Sus muchos libros, sus piezas teatrales, su pintura (“trabajamos con luz, todos trabajamos con luz, la luz de una lengua”, le dijo Walcott a David Huerta hace diecisiete años) lo confirmaron como un artista multitalentoso capaz de carearse con Homero y de fraguar una Odisea personal en el archipiélago caribeño: el resultado es un poema de trescientas páginas que deja sin aliento.

Yo, que lo había leído mucho y que me identificaba casi infantilmente, paradisiacamente, con su reino acuático y solar, pude conocer a Walcott hace unos años en el Centenario del nacimiento de Octavio Paz. Se trataba de un recital en Bellas Artes en el que participaba un puñado de extraordinarios poetas (Wole Soyinka, Charles Simic, Valerio Magrelli, entre otros). Walcott, el Homero del Caribe, llegó muy disminuido, en silla de ruedas, y me pidió no estar en el escenario todo el tiempo (porque no quería exhibirse) sino que lo llevara en su silla sólo hasta que fuera su turno. Escuchamos el recital tras bambalinas. Al ser anunciado, empujé la silla al centro del escenario en Bellas Artes y de inmediato atronó una conmovedora, larga ovación: México se rendía ante el mulato que adoraba el mar. Con toda la piel chinita y temblando de emoción, lo dejé ahí para que leyera sus poemas ante un recinto que de los aplausos pasó al más reverencial silencio. Sentí que estuve unos minutos junto a la grandeza, y lo sigo estando cada que abro sus libros. Que las olas te acompañen para siempre.

julio.trujillo@razon.com.mx
Twitter:
@amadonegro




 
 
 
 
fecha 20 de marzo de 2017 00:33
ultima modificacion Ultima modificación: 18:36
autor Por: Julio Trujillo
 
 
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