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Narcocanibalismo, el nuevo terror

Mónica Garza

 

Cuando en el terreno de las ejecuciones de la delincuencia organizada en México se involucran niños, lo que estamos viendo ya es simplemente el horror.

Y es que no hay otra manera de calificar lo dado a conocer esta semana por la Fiscalía General de Tabasco sobre dos jóvenes de 16 y 17 años, capturados el pasado 21 de junio en Villahermosa, junto con otros 10 presuntos integrantes del Cártel de Jalisco Nueva Generación, y quienes en su declaración afirmaron haber sido obligados a comer carne humana como parte de un ritual de iniciación para pertenecer a dicho cártel.

Incluido lo que históricamente se conoce del canibalismo en culturas sudamericanas o africanas como parte de sus prácticas rituales religiosas, hoy cualquier hecho de esta naturaleza rebasa toda posibilidad de justificación.

Pero en el crimen organizado mexicano tampoco es nuevo. Se menciona entre los dichos y leyendas del cártel de Los Zetas, específicamente sobre las figuras de Heriberto Lazcano El Lazca y Miguel Treviño Morales mejor conocido como el Z40, quienes dicen que para deshacerse de sus víctimas sin dejar rastro preparaban alimentos con sus restos.

Estas historias también son parte del contenido del estrujante libro Los malditos. Crónica Negra desde Puente Grande, del periodista Jesús Lemus Barajas, publicado en 2013, y quien a partir del testimonio de otro exnarcotraficante, Juan Sánchez Limón, describe la manera en que integrantes del cártel de Los Zetas consumían la carne de sus víctimas en tamales, pozole y tostadas preparados para ciertas celebraciones de dicha organización criminal.

Recordemos que en 2015 el entonces Comisionado para la Seguridad y Desarrollo Integral de Michoacán, Alfredo Castillo, señaló que según declaraciones de testigos detenidos, el líder del cártel Los Caballeros Templarios, el fallecido Nazario Moreno El Chayo, obligaba a potenciales miembros de la organización a cometer actos de antropofagia.

Castillo precisó entonces que de acuerdo a su línea de investigación se trataba de un “rito de iniciación” en el que se descuartizaba a la víctima y se comían el corazón.

En el caso de los jóvenes recientemente aprehendidos en Tabasco y ligados al Cártel de Jalisco Nueva Generación, estos aseguraron a la autoridad que la carne humana que les hicieron comer correspondía a un hombre que fue encontrado sin brazos ni piernas en una ranchería llamada El Cedro, del municipio de Nacajuca.

Según los especialistas no se tienen datos precisos de cómo se ha implementado esta nueva forma de entrenamiento de niños de entre 12 y 18 años para generar criminales de alta peligrosidad, si es exclusivo del Cártel de Jalisco Nueva Generación o de Los Zetas, o si se trata simplemente de una célula cuyo líder es un loco.

Pero el hecho de que la historia haya trascendido a lo público ya cumple con uno de los más claros objetivos de este tipo de organizaciones: provocar terror.

Y es que ¿a quién no aterra pensar que las víctimas del crimen organizado hoy puedan terminar entre las mandíbulas de unos victimarios que además podrían no tener más de 14 años? ¿Hasta dónde más vamos a llegar?.

Lo que estamos viendo puede ser una nueva generación de jóvenes sicarios entrenados para cualquier cosa, eliminando en ellos con este tipo de adiestramiento cualquier mínimo resquicio de moralidad o emocionalidad, históricamente nunca antes visto en nuestro país.

Esto debe poner en alerta no únicamente a las autoridades de procuración de justicia y de la policía, sino de las escuelas, las universidades y al sector salud, que poco ha apostado —pese a las múltiples advertencias— a un programa serio y bien estructurado para el cuidado de la salud mental de los jóvenes.

Este foco rojo que implica la siniestra práctica de canibalismo hasta ahora sólo se ha detectado en Tabasco, pero basta con echar un vistazo a las condiciones en las que hoy se desarrollan jóvenes totalmente vulnerados por su circunstancia en Tamaulipas, Veracruz, Guerrero, Oaxaca, incluso en Campeche, donde tampoco existe un buen desarrollo educativo, ni de salud, ni de servicios, ni de atención social.

Y ahí estamos, frente a un estado de indefensión social muy grande y un estado de estrés postraumático también muy grande, entre jóvenes que han nacido y desarrollado sus primeros años de vida en entornos brutalmente violentos y donde a veces pareciera que ya estamos vencidos. Ojalá que no...

monica.garza@razon.mx
Twitter:
@monicagarzag




 
 
 
 
fecha 23 de julio de 2017 00:10
ultima modificacion Ultima modificación: 18:50
autor Por: Mónica Garza
 
 
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